Mes: enero 2018

Fósforo (esqueleto irrompible y sonrisa de anuncio)

Un poquito de historia curiosa

El descubrimiento de este mineral brillante (o fosforescente) fue realmente peculiar. Henning Brand, un comerciante y alquimista aficionado del siglo XVII, andaba enfrascado en su búsqueda particular de la piedra filosofal. Dispuesto a dar un vuelco a su situación económica, se le ocurrió que quizás obtendría oro destilando un líquido amarillo del que podía disponer alegremente sin gastar un céntimo… ¡su propia orina!

Sin embargo, no fue oro lo que descubrió al fondo del matraz, sino un polvo blanco reluciente. Su brillo inspiró el nombre que pronto se le adjudicó, fósforo, que en griego significa “portador de luz“. Los científicos de la época siguieron utilizando la técnica de Brand para obtenerlo hasta que descubrieron que los huesos también contenían el brillante mineral (y sí, dejaron de destilar pipí).

Un poquito de fisiología

Efectivamente, como podréis suponer a partir de la historia de su descubrimiento, el fósforo forma parte del tejido óseo y su exceso se elimina a través de la orina.

Mano a mano con el calcio, el fósforo resulta fundamental para proporcionar dureza a huesos y dientes.

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Vitamina B3 (el abrelatas que libera nuestra belleza, energía y bienestar)

Un poquito de historia

¿Os acordáis de cómo se dilucidó el misterio del beriberi y la vitamina B1? No había nacido aún el siglo pasado cuando Casimir Funk, un súper pionero de la epidemiología, identificó las dietas a base de arroz blanco propias de algunos buques orientales (ciertamente deficitarias en este nutriente esencial), como la causa real de la enfermedad. En una época en la que la mera idea de que una enfermedad fuera consecuencia directa de un déficit alimentario cabía holgadamente dentro de la categoría de “ciencia ficción”, lo de Funk tuvo un mérito tremendo.

Pues algo parecido ocurrió con la vitamina B3, las dietas a base de maíz y la pelagra (del italiano pelle (piel) y agra (áspera)), también llamada la enfermedad de las 3 des (por dermatitis, diarrea y demencia). Fiel a su tozudez característica, la ciencia médica se negó durante décadas a aceptar la evidencia de que la pelagra no tenía un origen infeccioso, sino que la causaba un déficit alimentario.

Vencidas las reticencias iniciales y bien entrada la tercera década del siglo pasado, aquella sustancia esencial se bautizó como vitamina PP (porque “Prevenía la Pelagra”). Hoy la conocemos como niacina o B3.

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La dieta en el antiguo Egipto (o el banquete de Ramsés II)

Desde los asombrosos privilegios que otorgaba el título de dioses a los faraones del imperio antiguo, hasta las legendarias habilidades amatorias de la reina Cleopatra, los cerca de 3.000 años de historia del antiguo Egipto siguen causando fascinación. Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado cómo saciaban su apetito los constructores de las pirámides?

Si pudiéramos ir marcha atrás en el tiempo hasta la época de los faraones (y una vez superada la barrera del lenguaje y la probable desconfianza de los anfitriones), ¿con qué manjares nos deleitarían en el banquete de bienvenida?

Un poquito de contexto histórico

¿Os acordáis de la entrada de la dieta paleolítica? Describía la alimentación de los clanes nómadas de cazadores y recolectores durante los cientos de miles de años que precedieron al llamado periodo neolítico, hará unos 12.000 años (en el que los grupos humanos aprendieron a utilizar la agricultura y la ganadería para procurarse alimento). Pues la civilización egipcia se erigió en adalid de la “nueva era” gracias precisamente a las fértiles riberas regadas por el Nilo. La opulencia que exhibía el sarcófago de Tutankhamon, de hecho, no habría sido posible sin los campos de cultivo que se agolpaban en la estrecha franja verde rodeada de kilómetros infinitos de estéril desierto.

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0% Azúcares añadidos: ¿qué esconden estos productos?

A medida que crece la preocupación por el sobrepeso y los problemas de salud física y mental que origina, paralelamente, los supermercados se llenan de versiones de los productos de siempre que, a primera vista, parecen responder a la alternativa que algunas personas están buscando para ser más conscientes de su alimentación, tener más salud y mantener un peso adecuado. Principalmente, en estos casos, los usuarios buscamos:

  • Un alimento que no engorde
  • Un alimento más saludable
  • Un alimento que sea sabroso
  • Una alternativa a aquél alimento que nos gusta, que no nos obligue a prescindir de él.

Tenemos la impresión de haber encontrado ese producto cuando leemos en el embalaje, con letras destacadas, mensajes como “0% azúcares añadidos”, “light”, “diet”, “zero” e incluso el engañoso “100% natural” o el “alto contenido en fibra” entre otros. No pensamos mucho más antes de decidirnos por elegir este producto en vez del “original”. Detrás de estas afirmaciones, sin embargo, se esconde otra verdad. Aunque ya abordamos el tema anteriormente,  esta tendencia está a pie de cañón y sigue despertando controversia, sobre todo por la confusión y desinformación que causa en el consumidor.

Productos light. Se considera que un producto es light (o ligero) cuando se le reduce mínimo un 30% de uno o más nutrientes de su composición original, ya sea de lípidos, azúcares… reduciendo su aporte calórico. Realmente pensamos que, por aportarnos menos calorías, un producto light es más sano para nosotros.  Sin embargo, en muchos productos, para devolverle el sabor o la textura que ha perdido el producto reduciendo su contenido en azúcares o grasas, se les añaden otros ingredientes. Estos son habitualmente edulcorantes y azúcares refinados, o sustitutivos de grasas (según el caso) Un ejemplo: algunas marcas ofrecen yogur natural light al que se le añade artificialmente más lactosa, para compensar que se ha reducido su contenido graso; así consiguen un sabor y mantener la textura como el yogur natural original. Otros productos con versión light son quesos, cereales, patatas, mermeladas, bebidas carbonatas, mayonesa…

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Hierro (eruditos enérgicos y de piel radiante)

Cuánta sabiduría encerraba la mítica frase “Venga, acábate las lentejas, ¡que tienen mucho hierro!” Y es que este elemento cabe holgadamente en la categoría de artillería pesada en la defensa de vuestra salud… Sabed que el hierro:

  • reduce el agotamiento y la fatiga;
  • favorece la concentración y la agudeza mental; y
  • mantiene la salud (y la belleza) de la piel.

Un poquito de fisiología

El hierro forma parte esencial de la hemoglobina, el pigmento que da color a los glóbulos rojos, encargados de transportar el oxígeno y distribuirlo desde los pulmones a todas las células del cuerpo. Cada día producimos alrededor de 200.000 millones de glóbulos rojos nuevos, que necesitarán hierro para poder realizar su función y sustituir a sus antecesores con arrojo y tesón. Si andáis faltos de hierro, los pobres glóbulos rojos no podrán cargar todo el oxígeno que quisieran, vuestras células pasarán hambre y a vosotros os invadirá la fatiga.

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