Categoría: vitaminas y minerales

Potasio (equilibrio a prueba de bombas)

En el podio de los minerales que conforman nuestros bienamados cuerpos (y solo superado por el calcio y el fósforo), el potasio se alza con una merecida medalla de bronce. Y menos mal, porque lo necesitamos “a puñaos”.

Y es que mantener unos niveles adecuados de potasio no solo nos permite continuar felizmente con nuestros quehaceres diarios, sino que también promueve la lozanía de nuestros huesos y músculos (preservando la alcalinidad del medio extracelular y reduciendo tanto el desgaste muscular como la pérdida de densidad ósea) y potencia nuestra salud cardiovascular (contrarrestando los efectos negativos de una dieta con excesivo sodio y disminuyendo el riesgo de hipertensión).

Hasta aquí, conforme, pero… ¿cómo consigue todo eso?

El fascinante yin-yang electroquímico

¿Habéis oído hablar de la bomba sodio-potasio? Es una proteína crucial para la vida, una suerte de yin-yang “tú-entras-yo-salgo” a nivel atómico que encontramos en las membranas de todas nuestras células.

Imaginaos un balancín de patio de recreo: en un extremo se colocan tres iones de sodio (cuyas bondades os presentamos aquí), y en el otro, dos de nuestro protagonista de hoy, el potasio. Pues con la ayuda de un poco de empuje exterior (en forma de energía química), los iones de potasio hacen fuerza hacia abajo (y logran entrar en la célula) y los de sodio, sin comerlo ni beberlo, se elevan en el aire (y son expulsados a la matriz extracelular).

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Vitamina C (super-héroe antioxidante al rescate)

Si hubiera un torneo universal a la molécula más aguerrida en la lucha contra el envejecimiento y la oxidación, sin duda la vitamina C se alzaría con el cinturón de campeón mundial indiscutible.

Un poquito de fisiología

Y es que nuestro intrépido antioxidante, también conocido como ácido ascórbico, actúa a modo de kamikaze bioquímico. Entre otros dignos cometidos, la molécula de vitamina C se dedica a neutralizar los radicales libres procedentes del metabolismo celular, cuya eventual acumulación es la última responsable del estrés oxidativo, causa a su vez del envejecimiento prematuro y de la inflamación sistémica crónica (así como de que aumente considerablemente nuestro riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas y cáncer). ¡Y esa es solo una de las tareas que tiene encomendadas!

La llave de la eterna juventud

Imaginad pues la colosal trascendencia que alcanza el mantener nuestro bienamado cuerpo bien surtido de vitamina C. No solo nos ayuda a alejarnos cautamente del cepo de las enfermedades crónicas no transmisibles, sino que nos mantiene jóvenes a nivel celular (lo que invariablemente se traduce en una salud de hierro y en una lozanía física que ya quisiera para sí el célebremente bello David de Miguel Ángel).

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Sodio (¿”el malo de la película”?)

Quizás habéis visto como últimamente los productos “bajos en sodio” se acumulan en las estanterías de los supermercados, pero ¿realmente suponen una opción más saludable? ¿Debemos tomarnos la recomendación de limitar su ingesta como una verdad inmutable y universal? ¿Es el sodio “el malo de la película”? ¡Profundicemos un poco en los más y los menos de este mineral esencial antes de juzgarlo culpable!

Un poquito de curiosa historia química

Los habituales de los crucigramas y los amantes de las ciencias recordaréis que el símbolo químico del sodio es “Na“. ¿Sabéis por qué? ¡Un pequeño apunte curioso! En el antiguo Egipto, más concretamente en el valle Natrón, se recogían los cristales de sosa que quedaban en la orilla tras evaporarse el agua del Nilo (y que los egipcios utilizaban hábilmente como detergente). Fue precisamente esta “sosa” (o carbonato de sodio), cuyo nombre en latín es natrium (derivado a su vez del lugar de donde se extraía), lo que dio origen al famoso símbolo del sodio. ¡Por si alguna vez os habíais preguntado con qué se lavarían las túnicas los elegantes comensales de un banquete con Ramsés!

Quien tiene un salero, tiene un tesoro

Aunque a día de hoy su reputación ande pelín comprometida, a lo largo de la historia la sal ha sido tan apreciada que incluso se ha usado como moneda (de ahí el célebre origen de la palabra “salario”). ¡Y no es para menos! Antes de que los frigoríficos llegasen a nuestras cocinas, la conservación de los alimentos resultaba todo un desafío – a menos que se curasen (como el jamón) o se sumergiesen en generosas salmueras (como las aceitunas), gracias a un buen puñado de valiosa sal.

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Vitamina B12 (para comernos el mundo)

¡Una para todas y todas para una!

¿Recordáis la historia de Athos, Porthos y Aramis, Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas? Eran amigos inseparables, sublimes espadachines y defensores a ultranza del lema “uno para todos y todos para uno“. Pues su consigna es perfectamente aplicable al batallón formado por las vitaminas del grupo B: la tiamina (o vitamina B1), la riboflavina (o vitamina B2), la niacina (o vitamina B3), el ácido pantoténico (o vitamina B5), la piridoxina (o vitamina B6), el ácido fólico (o vitamina B9) y su particular D’Artagnan, la más compleja y la última en ser descubierta, la decisiva vitamina B12. Si bien cada una ejerce de llave bioquímica en distintas rutas metabólicas, todas comparten los mismos dignos propósitos: permitirnos extraer la energía de los alimentos, ayudarnos a reparar diariamente nuestros tejidos y, por supuesto, defendernos a capa y espada apoyando a nuestro sistema inmune.

Las curiosas memorias del “factor extrínseco”

La singular historia del descubrimiento de la vitamina B12 se inició en Estados Unidos, en los laboratorios de Minot, Murphy y Whipple, los merecidos ganadores del premio Nobel de medicina de 1934. Aunque desconocían por qué, descubrieron que la ingesta de hígado atajaba la progresión de la anemia perniciosa, una enfermedad  de extrema gravedad y a menudo, hasta entonces, letal.

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Yodo (para una tiroides a prueba de balas)

La tiroides, nuestra locomotora particular

Quizás no os habréis montado nunca en un tren con locomotora a vapor, pero seguro que recordáis el Expreso de Hogwarts o el trenecito cantarín de Dumbo. El carbón calienta el agua de la caldera y el vapor mueve el pistón, que a su vez gira la rueda. Sin carbón no se genera vapor, la rueda no gira y el tren no se mueve.

La tiroides, la glándula que regula el metabolismo basal, es nuestra locomotora particular. Si funciona como debe, nos asegurará un aporte energético idóneo y acorde a lo que necesitemos en cada momento. El tren recorrerá distancias incansable y a buen ritmo, sin acelerarse descontrolado en las bajadas, ni quedarse corto en las subidas.

Nuestra “locomotora” sintetiza hormonas tiroideas, que a su vez vendrían a desempeñar el papel de “vapor que mueve la rueda”. Y adivinad qué tipo de “carbón” necesita para tan digno cometido… ¡Yodo!

Del griego iodes (o “violeta”, por el bello color del humo que emite cuando se quema), es un oligoelemento crucial para la síntesis de las hormonas que regulan el metabolismo. Cuando nuestra dieta no contiene suficiente yodo, la glándula tiroides, situada bajo la nuez, se inflama y se hincha. Es la dolencia que conocemos como bocio.

Un poquito de historia

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Ácido fólico (nuestra “chapa y pintura” diaria)

¡Será por nombres!

Pocas vitaminas comparten el honor del folato de ser más conocidas por su alias bioquímico que por su correspondiente letra y número. De hecho, aunque este nombre no pueda competir en popularidad con su apodo, el ácido fólico también responde a la insigne denominación de vitamina B9.

¡Será por nombres! Y es que esta molécula absolutamente esencial para la vida, además, fue inicialmente bautizada como vitamina M. Lucy Wills, una médico inglesa que vivió en la India de principios del s. XX, eligió el nombre (por monkey, “mono” en inglés) cuando comprobó que suplementando la dieta de monas embarazadas, los monitos nacían sanos y fuertes.

Años más tarde, en la década de los 40, se logró aislar químicamente el llamado Factor Wills y se comprobó que tenía la estructura molecular de las vitaminas del grupo B. En la época, los nombres B7 y B8 estaban pillados (por las moléculas que más tarde se erigirían como biotina o vitamina H), así que a nuestro ácido fólico, rebautizado como vitamina M, le tocó el 9.

¡Chapa y pintura, por favor!

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