La dieta de los nativos norteamericanos

Quien más, quien menos se ha disfrazado de gran jefe Sioux o ha llorado con «Bailando con lobos» y «El último mohicano» alguna vez pero, ¿os habéis preguntado qué delicias os habría ofrecido Toro Sentado antes de invitaros a fumar la pipa de la paz?

Un poquito de contexto

Eso de «nativos» no deja de ser una manera bonita de decir que llegaron antes, porque se cree que los primeros humanos, procedentes de las llanuras siberianas, no pisaron América hasta cruzar el estrecho de Bering durante la última glaciación, hace cerca de 15.000 años. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, aquellas tribus de rasgos mongoloides y pómulos prominentes colonizaron el nuevo continente, pasito a pasito y generación tras generación.

Las tribus de las grandes praderas

Aquellos «indios» que salían en los westerns cabalgando «a pelo», con la melena al viento y el arco en el hombro, vivían en clanes nómadas al más puro estilo paleo. Cazaban, pescaban y buscaban raíces, frutas y vegetales silvestres.

Y, precisamente, por las enormes praderas americanas deambulaban una larga lista de animales (algunos de ellos, ciertamente inmensos) que no temían a los aparentemente inofensivos y enclenques humanos. Poneos en la piel de un cazador recolector que tiene que alimentar a su familia e imaginaos la imagen: poco menos que kilómetros infinitos de paraíso en la tierra a rebosar de comida. Pero, una vez «hecha la compra», ¿qué habría en el menú?

Las delicias que nos prepararían las diligentes mujeres de las siete tribus de la Gran Nación Sioux, que ocupaba gran parte de las llanuras del centro y del norte, diferirían un poco de las que podrían ofrecernos las generosas cocineras apache en los desiertos color cobre de la Arizona actual. Ambos menús contarían, sin embargo, con el mismo plato estrella: unos contundentes guisotes de carne o pescado cocinados con cariño en calderos de barro al amor de la lumbre. En temporada, además, habría vegetales silvestres y fruta fresca. Pero no esperéis una jugosa y dulce manzana, sino más bien unas pequeñas bayas bien ácidas, ¡que estamos en época pre-agricultura!

Bisontes, cecina y peces candela

A pesar de que no le harían ascos a nada comestible, los bisontes eran el animal más preciado para las tribus de las grandes praderas. De él aprovechaban todo: la carne (tanto para asar o guisar, como para secar a modo de cecina), la piel (para vestirse y recubrir los tipis), los cuernos y huesos (para elaborar armas y herramientas) e incluso los excrementos (que usaban a modo de combustible).  No es de extrañar que fuera un animal reverenciado al que agradecían su sacrificio con danzas y rituales.

También eran pescadores habilidosos. Curiosamente, no a todos los peces que capturaban les esperaban las brasas o el caldero. Los oolichan, unos pequeños peces que acudían cada año a la costa oeste a desovar, contenían tal porcentaje de materia grasa que los nativos aprendieron a secarlos y quemarlos a modo de vela. De ahí su curioso nombre, que en el idioma de los Chinook significa «pez candela».

La tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra

En 1854, cuando Franklin Pierce, el gran Jefe blanco de Washington, hizo llegar su oferta de compra de tierras al jefe Seattle de los Suwamish, las antiguas tradiciones tribales ya se habían desdibujado. Los descendientes de los orgullosos hijos de las praderas se verían obligados a enterrar el hacha de guerra y a adaptar su dieta a las cartillas de racionamiento del ejército.

En respuesta a la oferta, el jefe Seattle envió la famosa carta en la que instaba al hombre blanco a tratar a la tierra con respeto, porque todo lo que le hiciera a ella se lo haría a sí mismo. Y casi dos siglos después de aquellas palabras (que aún hoy retumban en los oídos de quienes lo han hecho posible), el sagrado bisonte vuelve por fin a deambular por las praderas norteamericanas.

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