La dieta en la antigua Roma imperial

Seguro que recordáis haber visto en alguna película, ambientada en la época imperial de la ciudad eterna, la fastuosidad del célebre circo romano, con sus truculentas luchas de gladiadores y sus desmadradas carreras de cuádrigas. Pero, tal como reza la famosa consigna panem et circenses (la voz latina para “pan y circo”), ¡no sólo de espectáculos vivía el pueblo romano! Para mantenerlo sosegado y satisfecho, también había que alimentarle.

¿Os habéis preguntado qué habrían almorzado los asistentes al majestuoso Coliseo? Desde el rancho que saciaba el hambre de plebeyos y legionarios, hasta las opulentas delicias que complacían al emperador, la dieta de la antigua Roma contaba con algunas curiosidades sorprendentes.

Un poquito de contexto

Desde la fundación de Roma, en siglo VI a.C., hasta el 395 d.C, cuando cayó la enorme superpotencia en la que se había convertido, el imperio llegó a gobernar toda la cuenca mediterránea y y gran parte de la Europa Occidental. Pero los romanos no sólo construyeron carreteras y acueductos a lo largo y ancho de sus fronteras, también difundieron su lengua (dando origen a las futuras lenguas romances) y esparcieron su cultura (y, con ella, algunas de sus recetas y costumbres alimentarias).

Y, ¿qué desayunaba un romano clásico?

El pan del ejército romano (imagen cortesía de Carole Raddato, Creative Commons BY-SA 2.0)

Como cabía esperar de los principales adalides de la dieta mediterránea tradicional, el ientalculum, el desayuno de los romanos, solía consistir en pan, que tomaban con queso, aceitunas, vino o miel.

El pan también constituía el alimento básico que nutría a las inmensas legiones del ejército romano, que avanzaron imbatibles durante siglos sin dejar títere con cabeza (a pesar de los esfuerzos de Astérix y Obélix). Y no habría más que esperar un milenio a la triunfante llegada del tomate desde el nuevo mundo, para que una variante de este pan plano de bella forma redondeada diera origen a las apreciadas pizzas.

Las memorables bacanales

Qué mejor manera de honrar a Baco, el célebre dios del vino, que con un banquete bien regado, formado por una eterna retahíla de elaborados platos y una interminable sobremesa borrachuza.

Beber vino (siempre generosamente mezclado con agua) se consideraba un acto social. ¡Ningún buen romano sería visto bebiendo solo! Cuando la ocasión lo merecía, incontables ánforas de vino corrían entre los comensales hasta la madrugada, en especial durante las Saturnalia, una festividad que se celebraba a finales de diciembre (el tatarabuelo de nuestros carnavales), cuando la jerarquía se invertía y los esclavos se vestían con los ropajes de sus amos (¡y viceversa!)

Pescado podrido y otras delicias

Un condimento que no podía faltar en una receta romana que se preciase (idealmente a ser disfrutada en un triclinium, el diván donde los patricios se tumbaban para dar buena cuenta de las deliciosas viandas que servían los esforzados esclavos), era el garum. Lo preparaban macerando pescados, vísceras y espinas entre capas de sal. Una vez fermentado, lo prensaban y extraían el (casi podría calificarse de “apestoso” para los gustos actuales) líquido resultante, que era convenientemente envasado en ánforas de barro y añadido generosamente a una gran variedad de recetas.

“Festa Romana” de Roberto Bompiani (imagen digital cortesía del Museo Paul Getty)

Aunque Obélix seguro que habría exclamado “¡están locos estos romanos!” al descubrir que utilizaban pescado podrido para dar sabor a sus recetas, lo cierto es que su cocina sentó las bases de nuestra aclamada dieta mediterránea, así que sirva el presente homenaje como prueba de nuestro agradecimiento. ¡Gratias ago, Romani! 

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