Sodio (¿”el malo de la película”?)

Quizás habéis visto como últimamente los productos “bajos en sodio” se acumulan en las estanterías de los supermercados, pero ¿realmente suponen una opción más saludable? ¿Debemos tomarnos la recomendación de limitar su ingesta como una verdad inmutable y universal? ¿Es el sodio “el malo de la película”? ¡Profundicemos un poco en los más y los menos de este mineral esencial antes de juzgarlo culpable!

Un poquito de curiosa historia química

Los habituales de los crucigramas y los amantes de las ciencias recordaréis que el símbolo químico del sodio es “Na“. ¿Sabéis por qué? ¡Un pequeño apunte curioso! En el antiguo Egipto, más concretamente en el valle Natrón, se recogían los cristales de sosa que quedaban en la orilla tras evaporarse el agua del Nilo (y que los egipcios utilizaban hábilmente como detergente). Fue precisamente esta “sosa” (o carbonato de sodio), cuyo nombre en latín es natrium (derivado a su vez del lugar de donde se extraía), lo que dio origen al famoso símbolo del sodio. ¡Por si alguna vez os habíais preguntado con qué se lavarían las túnicas los elegantes comensales de un banquete con Ramsés!

Quien tiene un salero, tiene un tesoro

Aunque a día de hoy su reputación ande pelín comprometida, a lo largo de la historia la sal ha sido tan apreciada que incluso se ha usado como moneda (de ahí el célebre origen de la palabra “salario”). ¡Y no es para menos! Antes de que los frigoríficos llegasen a nuestras cocinas, la conservación de los alimentos resultaba todo un desafío – a menos que se curasen (como el jamón) o se sumergiesen en generosas salmueras (como las aceitunas), gracias a un buen puñado de valiosa sal.

A día de hoy, nadie aceptaría cobrar su salario en sal de mesa, pero sigue siendo la fuente dietética más importante de sodio, un mineral absolutamente esencial para el funcionamiento de todas y cada una de las células que conforman nuestro cuerpo.

¿”El malo de la película”?

Entonces, si también lo necesitamos para vivir, ¿por qué en el caso particular del sodio, a diferencia del resto de minerales, debemos preocuparnos más por no pasarnos que por quedarnos cortos? Pues porque los alimentos con mayor contenido en sodio suelen ser los que llevan una larga etiqueta de información nutricional: los productos ultraprocesados.

Se estima que requerimos una media de 1.500mg de sodio diarios (y una sola ración de nuggets con salsa barbacoa puede aportarnos tranquilamente 3.500mg). Sí, habéis leído bien. Un solo plato de comida rápida puede contener más del doble del sodio que necesitamos para todo el día (además de una miríada de otras cosas que no necesitamos para nada). Lo mismo ocurre con los embutidos y otras carnes procesadas, los aperitivos, los platos preparados o las sopas de sobre: son una bomba de sodio (básicamente porque durante el procesado se les añaden grandes cantidades de sal para que nos parezcan sabrosos y enmascarar regustillos varios). Y sí, la ingesta regular de sodio en esas cantidades no resulta nada recomendable, en especial para los que padezcáis hipertensión (podría poneros la tensión por las nubes, aumentando vuestro riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular).

El veredicto

¡El sodio no es “el malo de la película”! Una ración de pollo asado casero apenas aporta 60mg y una taza de leche unos 100mg (recordad que sí necesitáis vuestra sana ración de sodio diario). Así que si limitáis el consumo de productos procesados y cocináis siempre que os sea posible, priorizando los productos frescos y utilizando sal al gusto, el sodio recuperará orgulloso su inocencia… ¡y vosotros os encontraréis infinitamente mejor!

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