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Vitamina B5 (ligeros de equipaje y en paz con el mundo)

Un poquito de etimología

A la vitamina B5 se la llama también ácido pantoténico (del griego pantothen o “en todos lados«). Se bautizó así en la década de los 40, cuando se comprendió su importancia y se incluyó en el selecto grupo de las vitaminas. Su presencia es habitual en la mayoría de alimentos (de ahí su nombre), lo que es de agradecer porque resulta crucial para una miríada de reacciones sin las que la vida tal como la conocemos no sería posible.

Un poquito de fisiología

Las células de nuestro organismo fabrican su energía a través de una molécula llamada coenzima A, de la que forma parte nuestra bienamada vitamina B5. Sin ella, no podríamos extraer la energía de los alimentos que consumimos, lo que nos sumiría en una apatía feroz. Tampoco podríamos sintetizar compuestos como los ácidos biliares (sin los cuales no nos sería posible absorber las vitaminas liposolubles, como la A, la D y la E) o las hormonas esteroideas (incluidos estrógenos y testosterona, las principales hormonas sexuales).

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Vitamina B3 (el abrelatas que libera nuestra belleza, energía y bienestar)

Un poquito de historia

¿Os acordáis de cómo se dilucidó el misterio del beriberi y la vitamina B1? No había nacido aún el siglo pasado cuando Casimir Funk, un súper pionero de la epidemiología, identificó las dietas a base de arroz blanco propias de algunos buques orientales (ciertamente deficitarias en este nutriente esencial), como la causa real de la enfermedad. En una época en la que la mera idea de que una enfermedad fuera consecuencia directa de un déficit alimentario cabía holgadamente dentro de la categoría de «ciencia ficción», lo de Funk tuvo un mérito tremendo.

Pues algo parecido ocurrió con la vitamina B3, las dietas a base de maíz y la pelagra (del italiano pelle (piel) y agra (áspera)), también llamada la enfermedad de las 3 des (por dermatitis, diarrea y demencia). Fiel a su tozudez característica, la ciencia médica se negó durante décadas a aceptar la evidencia de que la pelagra no tenía un origen infeccioso, sino que la causaba un déficit alimentario.

Vencidas las reticencias iniciales y bien entrada la tercera década del siglo pasado, aquella sustancia esencial se bautizó como vitamina PP (porque «Prevenía la Pelagra»). Hoy la conocemos como niacina o B3.

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