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Potasio (equilibrio a prueba de bombas)

En el podio de los minerales que conforman nuestros bienamados cuerpos (y solo superado por el calcio y el fósforo), el potasio se alza con una merecida medalla de bronce. Y menos mal, porque lo necesitamos “a puñaos”.

Y es que mantener unos niveles adecuados de potasio no solo nos permite continuar felizmente con nuestros quehaceres diarios, sino que también promueve la lozanía de nuestros huesos y músculos (preservando la alcalinidad del medio extracelular y reduciendo tanto el desgaste muscular como la pérdida de densidad ósea) y potencia nuestra salud cardiovascular (contrarrestando los efectos negativos de una dieta con excesivo sodio y disminuyendo el riesgo de hipertensión).

Hasta aquí, conforme, pero… ¿cómo consigue todo eso?

El fascinante yin-yang electroquímico

¿Habéis oído hablar de la bomba sodio-potasio? Es una proteína crucial para la vida, una suerte de yin-yang “tú-entras-yo-salgo” a nivel atómico que encontramos en las membranas de todas nuestras células.

Imaginaos un balancín de patio de recreo: en un extremo se colocan tres iones de sodio (cuyas bondades os presentamos aquí), y en el otro, dos de nuestro protagonista de hoy, el potasio. Pues con la ayuda de un poco de empuje exterior (en forma de energía química), los iones de potasio hacen fuerza hacia abajo (y logran entrar en la célula) y los de sodio, sin comerlo ni beberlo, se elevan en el aire (y son expulsados a la matriz extracelular).

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Sodio (¿”el malo de la película”?)

Quizás habéis visto como últimamente los productos “bajos en sodio” se acumulan en las estanterías de los supermercados, pero ¿realmente suponen una opción más saludable? ¿Debemos tomarnos la recomendación de limitar su ingesta como una verdad inmutable y universal? ¿Es el sodio “el malo de la película”? ¡Profundicemos un poco en los más y los menos de este mineral esencial antes de juzgarlo culpable!

Un poquito de curiosa historia química

Los habituales de los crucigramas y los amantes de las ciencias recordaréis que el símbolo químico del sodio es “Na“. ¿Sabéis por qué? ¡Un pequeño apunte curioso! En el antiguo Egipto, más concretamente en el valle Natrón, se recogían los cristales de sosa que quedaban en la orilla tras evaporarse el agua del Nilo (y que los egipcios utilizaban hábilmente como detergente). Fue precisamente esta “sosa” (o carbonato de sodio), cuyo nombre en latín es natrium (derivado a su vez del lugar de donde se extraía), lo que dio origen al famoso símbolo del sodio. ¡Por si alguna vez os habíais preguntado con qué se lavarían las túnicas los elegantes comensales de un banquete con Ramsés!

Quien tiene un salero, tiene un tesoro

Aunque a día de hoy su reputación ande pelín comprometida, a lo largo de la historia la sal ha sido tan apreciada que incluso se ha usado como moneda (de ahí el célebre origen de la palabra “salario”). ¡Y no es para menos! Antes de que los frigoríficos llegasen a nuestras cocinas, la conservación de los alimentos resultaba todo un desafío – a menos que se curasen (como el jamón) o se sumergiesen en generosas salmueras (como las aceitunas), gracias a un buen puñado de valiosa sal.

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