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Fósforo (esqueleto irrompible y sonrisa de anuncio)

Un poquito de historia curiosa

El descubrimiento de este mineral brillante (o fosforescente) fue realmente peculiar. Henning Brand, un comerciante y alquimista aficionado del siglo XVII, andaba enfrascado en su búsqueda particular de la piedra filosofal. Dispuesto a dar un vuelco a su situación económica, se le ocurrió que quizás obtendría oro destilando un líquido amarillo del que podía disponer alegremente sin gastar un céntimo… ¡su propia orina!

Sin embargo, no fue oro lo que descubrió al fondo del matraz, sino un polvo blanco reluciente. Su brillo inspiró el nombre que pronto se le adjudicó, fósforo, que en griego significa “portador de luz“. Los científicos de la época siguieron utilizando la técnica de Brand para obtenerlo hasta que descubrieron que los huesos también contenían el brillante mineral (y sí, dejaron de destilar pipí).

Un poquito de fisiología

Efectivamente, como podréis suponer a partir de la historia de su descubrimiento, el fósforo forma parte del tejido óseo y su exceso se elimina a través de la orina.

Mano a mano con el calcio, el fósforo resulta fundamental para proporcionar dureza a huesos y dientes.

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Vitamina B3 (el abrelatas que libera nuestra belleza, energía y bienestar)

Un poquito de historia

¿Os acordáis de cómo se dilucidó el misterio del beriberi y la vitamina B1? No había nacido aún el siglo pasado cuando Casimir Funk, un súper pionero de la epidemiología, identificó las dietas a base de arroz blanco propias de algunos buques orientales (ciertamente deficitarias en este nutriente esencial), como la causa real de la enfermedad. En una época en la que la mera idea de que una enfermedad fuera consecuencia directa de un déficit alimentario cabía holgadamente dentro de la categoría de “ciencia ficción”, lo de Funk tuvo un mérito tremendo.

Pues algo parecido ocurrió con la vitamina B3, las dietas a base de maíz y la pelagra (del italiano pelle (piel) y agra (áspera)), también llamada la enfermedad de las 3 des (por dermatitis, diarrea y demencia). Fiel a su tozudez característica, la ciencia médica se negó durante décadas a aceptar la evidencia de que la pelagra no tenía un origen infeccioso, sino que la causaba un déficit alimentario.

Vencidas las reticencias iniciales y bien entrada la tercera década del siglo pasado, aquella sustancia esencial se bautizó como vitamina PP (porque “Prevenía la Pelagra”). Hoy la conocemos como niacina o B3.

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Vitamina B2 (pura energía y pelazo)

Un poquito de historia

Corría el año 1879 cuando una sustancia amarillenta presente en la leche, visible a través del microscopio, llamó la atención por primera vez. Se bautizó como flavina, del latín flavus (amarillo). Poco después, el mismo pigmento se detectó también en el hígado y en la clara de huevo, aunque se desconocía su papel o la importancia que pudiera tener como nutriente. No sería hasta 1933 cuando se descubrió su rol esencial como vitamina, se incluyó dentro de las vitaminas del grupo B como B2 y se la nombró riboflavina.

Su misión es

El cuerpo necesita riboflavina para transformar las calorías de las proteínas, grasas y carbohidratos que consumimos en energía que las células pueden utilizar eficazmente. Una carencia de esta vitamina reducirá inexorablemente la energía disponible de vuestras células. Os sentiréis débiles y apáticos y os costará un mundo concentraros y focalizar vuestra atención.

La vitamina B2 también se utiliza como precursora en la formación del cabello, la piel y las uñas. Si queréis un pelazo lustroso y brillante, una piel radiante y unas uñas irrompibles, aseguraos de consumirla a diario.

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