Yodo (para una tiroides a prueba de balas)

La tiroides, nuestra locomotora particular

Quizás no os habréis montado nunca en un tren con locomotora a vapor, pero seguro que recordáis el Expreso de Hogwarts o el trenecito cantarín de Dumbo. El carbón calienta el agua de la caldera y el vapor mueve el pistón, que a su vez gira la rueda. Sin carbón no se genera vapor, la rueda no gira y el tren no se mueve.

La tiroides, la glándula que regula el metabolismo basal, es nuestra locomotora particular. Si funciona como debe, nos asegurará un aporte energético idóneo y acorde a lo que necesitemos en cada momento. El tren recorrerá distancias incansable y a buen ritmo, sin acelerarse descontrolado en las bajadas, ni quedarse corto en las subidas.

Nuestra «locomotora» sintetiza hormonas tiroideas, que a su vez vendrían a desempeñar el papel de «vapor que mueve la rueda». Y adivinad qué tipo de «carbón» necesita para tan digno cometido… ¡Yodo!

Del griego iodes (o «violeta», por el bello color del humo que emite cuando se quema), es un oligoelemento crucial para la síntesis de las hormonas que regulan el metabolismo. Cuando nuestra dieta no contiene suficiente yodo, la glándula tiroides, situada bajo la nuez, se inflama y se hincha. Es la dolencia que conocemos como bocio.

Un poquito de historia

Ya en la antigua China, hace más de 4.000 años, se sabía que esta inflamación de la garganta desaparecía con el consumo de algas. También en la Edad Media europea se recomendaba la ingesta de cenizas de esponja de mar, con un nada desdeñable contenido en yodo, para atajarla. Sin embargo, no fue hasta bien entrado el s. XIX, que se pudo culpar sin tapujos a la falta de yodo dietético como única responsable del bocio.

Poco después, apenas iniciado el s. XX, se optó por añadir yodo a la sal de mesa a fin de promover su consumo regular. Primero en Estados Unidos y seguidamente en Europa, la sal yodada empezó a formar parte de la dieta habitual y el bocio a desaparecer.

¿Dónde lo encontramos?

No sólo de sal yodada vive el seguidor de dietas equilibradas con un adecuado aporte de yodo. La cantidad diaria recomendada ronda los 150 mcg. Los obtendréis fácilmente con apenas una tapa de mejillones, media ración de bacalao o una de caballa. Aunque las algas se alcen con la medalla de oro, encontraréis yodo en todo tipo de pescado y marisco.

Dadle a vuestra locomotora el carbón que necesita y se asegurará de proporcionaros el vapor necesario para manteneros enérgicos y con los pies calentitos contra viento y marea.

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