La dieta en el antiguo Egipto (o el banquete de Ramsés II)

Desde los asombrosos privilegios que otorgaba el título de dioses a los faraones del imperio antiguo, hasta las legendarias habilidades amatorias de la reina Cleopatra, los cerca de 3.000 años de historia del antiguo Egipto siguen causando fascinación. Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado cómo saciaban su apetito los constructores de las pirámides?

Si pudiéramos ir marcha atrás en el tiempo hasta la época de los faraones (y una vez superada la barrera del lenguaje y la probable desconfianza de los anfitriones), ¿con qué manjares nos deleitarían en el banquete de bienvenida?

Un poquito de contexto histórico

¿Os acordáis de la entrada de la dieta paleolítica? Describía la alimentación de los clanes nómadas de cazadores y recolectores durante los cientos de miles de años que precedieron al llamado periodo neolítico, hará unos 12.000 años (en el que los grupos humanos aprendieron a utilizar la agricultura y la ganadería para procurarse alimento). Pues la civilización egipcia se erigió en adalid de la “nueva era” gracias precisamente a las fértiles riberas regadas por el Nilo. La opulencia que exhibía el sarcófago de Tutankhamon, de hecho, no habría sido posible sin los campos de cultivo que se agolpaban en la estrecha franja verde rodeada de kilómetros infinitos de estéril desierto.

Pura dieta mediterránea

A pesar de los milenios que nos separan, muchos de los alimentos de los que disfrutamos hoy en día, como la horchata, son un legado del antiguo Egipto. Lamentablemente, hasta la fecha no se ha encontrado un solo recetario de cocina que describa los manjares de la época. Sin embargo, los egiptólogos pueden hacer conjeturas muy precisas a través de los jeroglíficos, las ofrendas encontradas en las tumbas y algunas listas de la compra escritas por mayordomos que sí han sobrevivido al paso de los siglos.

Eran auténticos maestros en el arte de hacer pan y cerveza a partir de los cereales que cultivaban (especialmente el trigo y la cebada). Se trataba de una dieta mediterránea a base de cereales, que acompañaban de legumbres (en concreto habas y garbanzos), verduras y frutas (especialmente cebollas, ajos, pepinos, dátiles, higos y melones).

A pesar de que la civilización egipcia se asentaba a tiro de piedra del mar y se extendía a lo largo de un caudaloso río, el pescado no era precisamente santo de su devoción. Quienes podían permitírselo, obtenían la proteína animal de la apreciadísima carne de toro, seguida en estimación por la de pato y oca.

Un banquete en la corte de Ramsés II

Si el faraón más insigne de la historia nos invitase a su mesa (y una vez concluidos los saludos de rigor con las decenas de esposas y concubinas, así como con los cientos de vástagos), ¿qué delicias tendríamos el placer de catar?

Los concienzudos egiptólogos del Museo Egipcio de Barcelona nos ofrecieron una respuesta a modo de clase magistral a través de su Cena Eterna, cuyo delicioso menú incluía:

  • Humus (el mítico puré de garbanzos ubicuo en la cuenca mediterránea, no podía faltar);
  • Crema de calabacín (¡quién diría que han pasado 3.000 años!);
  • Ensalada de lentejas (¿recordáis como ya el mítico “Astérix y Cleopatra” nos enseñaba que los egipcios se pirraban por las lentejas?);
  • Jamón de pato con dátiles (¡y hoy nosotros nos sentimos Ferran Adrià cuando lo servimos para impresionar a nuestros invitados!);
  • Pollo marinado en leche y ajo (queda suculento, ¡probadlo si un día amanecéis curiosos!); y
  • Sandía con dátiles y requesón (un delicioso fin de fiesta a la altura del menú).

Con banquetes así, ¿quién es el valiente que renuncia a la vida eterna?

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