La dieta en el antiguo Egipto (o el banquete de Ramsés II)

Desde los asombrosos privilegios que otorgaba el título de dioses a los faraones del imperio antiguo, hasta las legendarias habilidades amatorias de la reina Cleopatra, los cerca de 3.000 años de historia del antiguo Egipto siguen causando fascinación. Pero, ¿alguna vez os habéis preguntado cómo saciaban su apetito los constructores de las pirámides?

Si pudiéramos ir marcha atrás en el tiempo hasta la época de los faraones (y una vez superada la barrera del lenguaje y la probable desconfianza de los anfitriones), ¿con qué manjares nos deleitarían en el banquete de bienvenida?

Un poquito de contexto histórico

¿Os acordáis de la entrada de la dieta paleolítica? Describía la alimentación de los clanes nómadas de cazadores y recolectores durante los cientos de miles de años que precedieron al llamado periodo neolítico, hará unos 12.000 años (en el que los grupos humanos aprendieron a utilizar la agricultura y la ganadería para procurarse alimento). Pues la civilización egipcia se erigió en adalid de la “nueva era” gracias precisamente a las fértiles riberas regadas por el Nilo. La opulencia que exhibía el sarcófago de Tutankhamon, de hecho, no habría sido posible sin los campos de cultivo que se agolpaban en la estrecha franja verde rodeada de kilómetros infinitos de estéril desierto.

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0% Azúcares añadidos: ¿qué esconden estos productos?

A medida que crece la preocupación por el sobrepeso y los problemas de salud física y mental que origina, paralelamente, los supermercados se llenan de versiones de los productos de siempre que, a primera vista, parecen responder a la alternativa que algunas personas están buscando para ser más conscientes de su alimentación, tener más salud y mantener un peso adecuado. Principalmente, en estos casos, los usuarios buscamos:

  • Un alimento que no engorde
  • Un alimento más saludable
  • Un alimento que sea sabroso
  • Una alternativa a aquél alimento que nos gusta, que no nos obligue a prescindir de él.

Tenemos la impresión de haber encontrado ese producto cuando leemos en el embalaje, con letras destacadas, mensajes como “0% azúcares añadidos”, “light”, “diet”, “zero” e incluso el engañoso “100% natural” o el “alto contenido en fibra” entre otros. No pensamos mucho más antes de decidirnos por elegir este producto en vez del “original”. Detrás de estas afirmaciones, sin embargo, se esconde otra verdad. Aunque ya abordamos el tema anteriormente,  esta tendencia está a pie de cañón y sigue despertando controversia, sobre todo por la confusión y desinformación que causa en el consumidor.

Productos light. Se considera que un producto es light (o ligero) cuando se le reduce mínimo un 30% de uno o más nutrientes de su composición original, ya sea de lípidos, azúcares… reduciendo su aporte calórico. Realmente pensamos que, por aportarnos menos calorías, un producto light es más sano para nosotros.  Sin embargo, en muchos productos, para devolverle el sabor o la textura que ha perdido el producto reduciendo su contenido en azúcares o grasas, se les añaden otros ingredientes. Estos son habitualmente edulcorantes y azúcares refinados, o sustitutivos de grasas (según el caso) Un ejemplo: algunas marcas ofrecen yogur natural light al que se le añade artificialmente más lactosa, para compensar que se ha reducido su contenido graso; así consiguen un sabor y mantener la textura como el yogur natural original. Otros productos con versión light son quesos, cereales, patatas, mermeladas, bebidas carbonatas, mayonesa…

Leche de almendras “zero”. Con edulcorantes.

Productos 0% azúcar o sin azúcares añadidos. A estos productos es muy común que les hayan añadido algún tipo de edulcorante (artificial o natural), tales como aspartamo, fructosa. Con ello, se consigue un producto sin azúcar, pero fiel al sabor original. Si bien algunos productos también incluyen la indicación “con edulcorantes”, muchos de ellos intentan pasar desapercibido este detalle.

Esto se aplica a productos que originalmente son dulces, como el chocolate, la mermelada, cereales de desayuno, leches vegetales, e incluso productos dietéticos, que combinan este mensaje con adjetivos tipo “integral”, “alto contenido en fibra”.

Aunque leer las etiquetas de ingredientes nos ayuda a identificar la composición real de lo que compramos, identificar qué ingredientes son realmente edulcorantes no siempre es una tarea simple. Algunos productos combinan el azúcar con otros edulcorantes, o incluso se combinan varios edulcorantes entre sí, lo que, a ojos del lector, crítico pero apresurado, puede pasar desapercibido. Algunos países como Canadá ya se han planteado agrupar en las etiquetas de los alimentos los tipos de azúcares para hacer más claro el contenido de los alimentos procesados y poderlos identificar más fácilmente. 

Igual que con el azúcar, los expertos no se oponen al consumo moderado de productos que contengan  otros edulcorantes (artificiales o no) y en el marco de una dieta equilibrada, pero para ello es importante poder saber realmente cuando los consumimos y en qué medida.

Edulcorantes más comunes

Aunque existe una gran variedad de edulcorantes, los más usados actualmente son el aspartamo y la fructosa.

Aspartamo (E-951). Este edulcorante artificial de muy bajo aporte calórico, es unas 200 veces más dulce que el azúcar. Es muy popular en los refrescos light, aunque también lo podemos encontrar en leches vegetales (orchata, leche de almendra), entre otros. Muchos han cuestionado si es un producto verdaderamente seguro, aunque los últimos estudios concluyreon que no existe un riesgo real dentro de un consumo controlado. Los efectos adversos de su consumo habitual y excesivo focalizan especialmente en la fenilalanina, que en altas cantidades puede resultar tóxico. El límite de consumo saludable es de 40-50 mg/kg/día, que serían unas 12 latas de refresco por día en una persona adulta. Este límite no es tan fácil de sobrepasar, pero debemos ir con cuidado dado el creciente número de productos que lo contienen, lo que puede aumentar nuestro consumo sin incluso ser conscientes de ello. Especialmente las personas con fenilcetonuria y esquizofrenia deberían evitar el aspartamo.

Fructosa ( también jarabe de maíz, sirope de maíz de alta fructosa). La fructosa no se considera de por sí un aditivo, puesto que es un azúcar naturalmente presente en las frutas. Sin embargo, se utiliza cada vez más como tal para endulzar zumos, mermeladas, leches vegetales, helados. También la encontramos  en alimentos dietéticos como magdalenas, galletas, productos aptos para diabéticos. Sin embargo, e irónicamente, el consumo excesivo de fructosa añadida — a menudo presente en más cantidad que en la fruta— puede ser un desencadenante de la diabetes del tipo II, obesidad, disfunciones del hígado. Aunque a primera vista la fructosa no sube los niveles de glucosa en la sangre, en exceso puede contribuir a la resistencia la insulina y a largo plazo ser el desencadenantes de enfermedades.

Otros edulcorantes que podemos encontrar en alimentos procesados son el acesulfamo-k (o acesulfamo potásico –  E950), que tiene unas características similares al aspartamo o  la maltosa (jarabe de maíz alto en maltosa). Algunas empresas están cambiando el uso de fructosa por el de maltosa, por ser menos dulce y porque se metaboliza en glucosa de la misma forma que los otros azúcares.

¿Cómo evitar consumir productos edulcorados en exceso?

  • Cuestionar los eslóganes de los alimentos. No nos conformemos en leer “sin azúcares” y comprobemos los ingredientes del producto.
  • Leer las etiquetas de los productos. Si nos fijamos en el orden de aparición de los ingredientes también podemos saber en qué proporción éstos están presentes. También podemos mirar en la tabla nutricional – que todos los productos tienen en su embalaje— el contenido de azúcares totales (o por 100 g) que contiene el producto.
  • Evitar alimentos procesados. ¿Qué mejor forma de controlar lo que consumimos, que cocinando a partir de alimentos frescos?
  • Utilizar otros endulzantes. No deberíamos obviar el contenido en azúcares de alimentos endulzados con miel, azúcar de caña o sirope de agave. Sin embargo, en casa podemos optar por utilizar estos productos para hacer nuestras recetas más dulces. Cocinando nuestros propios platos, por lo menos, sabremos exactamente las cantidades que estamos consumiendo, y nos cercioraremos de la naturaleza de los productos que elegimos. Otras opciones naturales para endulzar nuestros platos son el jarabe de arce —aporta la mitad de calorías que el azúcar común y  es rico en minerales como el calcio y potasio—  la melaza o la estevia, una planta de muy bajo valor calórico, con propiedades diuréticas, capaz de regular el nivel de azúcar en sangre, entre muchas otras.  También podemos utilizar frutas y bayas para endulzar; estas nos aportarán fibra, vitaminas y antioxidantes.

 

 

 

Hierro (eruditos enérgicos y de piel radiante)

Cuánta sabiduría encerraba la mítica frase “Venga, acábate las lentejas, ¡que tienen mucho hierro!” Y es que este elemento cabe holgadamente en la categoría de artillería pesada en la defensa de vuestra salud… Sabed que el hierro:

  • reduce el agotamiento y la fatiga;
  • favorece la concentración y la agudeza mental; y
  • mantiene la salud (y la belleza) de la piel.

Un poquito de fisiología

El hierro forma parte esencial de la hemoglobina, el pigmento que da color a los glóbulos rojos, encargados de transportar el oxígeno y distribuirlo desde los pulmones a todas las células del cuerpo. Cada día producimos alrededor de 200.000 millones de glóbulos rojos nuevos, que necesitarán hierro para poder realizar su función y sustituir a sus antecesores con arrojo y tesón. Si andáis faltos de hierro, los pobres glóbulos rojos no podrán cargar todo el oxígeno que quisieran, vuestras células pasarán hambre y a vosotros os invadirá la fatiga.

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¡Por un Año Nuevo sin resaca!

Se acerca la feliz noche de las braguitas rojas, los cotillones y la barra libre de garrafón a precio de oro. Habrá quien se dedique a pelar y despepitar sus uvas con disimulo y quien sea fiel a la tradición y se atragante al son de la primera campanada, pero todos querremos celebrar la entrada del nuevo año brindando con una copichuela o dos.

Si hay una situación que desearemos evitar a toda costa, sin embargo, es levantarnos al día siguiente como si nos hubieran pegado una paliza. Seguro que muchos tenéis en vuestro haber un recuerdo poco grato de una ineludible comida de año nuevo cuyos deliciosos manjares no disfrutásteis en absoluto porque os invadía un malestar apabullante: la infalible resaca. Si alguna vez os habéis despertado exhaustos, con un contundente dolor de cabeza, la boca seca y el estómago revuelto después de una noche de copas, sabéis de qué hablamos. Pero, ¿podemos tomarnos unas copiñas felizmente y levantarnos con ganas de correr una maratón? Hasta cierto punto, ¡sí! Os contamos cómo.

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Cómo sobrevivir a la navidad (conservando la talla de pantalón)

¡Ya es Navidad! Llegó esa época del año en la que nos hinchamos a comer y a beber como si no hubiera mañana. Habrá quien se despierte cantando villancicos abrazado a una zambomba y quien refunfuñe deseando encerrarse en un búnker hasta que pasen estas fechas, pero unos y otros nos enfrentaremos a bandejas rebosantes de turrones y copas perennemente llenas. Ante esa tesitura nos preguntamos: ¿podemos disfrutar alegremente de las celebraciones navideñas y al mismo tiempo conservar la talla de pantalón? ¡Desde luego! Os contamos algunos truquillos.

Si sois los invitados

Éste es el papel menos laborioso (porque no os toca pensar menús ni cocinar) pero también el más peliagudo (porque querréis evitar que los anfitriones se molesten si os pasáis de quisquillosos). Ved algunas estrategias infalibles:

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Intolerancia a la lactosa: con leche sin, por favor

Un poquito de historia

Hasta hace cerca de 12.000 años, cuando los clanes humanos empezaron a aposentarse junto a sus cultivos y a domesticar ganado, nadie bebía leche una vez destetado. Y no puedo culparles… ¿quién se habría aventurado a ordeñar a una enorme búfala salvaje? Igualmente, ya os adelanto que el esfuerzo habría sido en vano: la inmensa mayoría de los que levantaban más de un metro del suelo no habría podido digerir la preciada leche.

Y es que la evolución favoreció la aparición de un gen que “apagaba” la síntesis de lactasa (la enzima que descompone la lactosa) en los niños una vez podían masticar y comer lo que sus mayores. Ese apagón impedía a los adultos digerir la lactosa (el azúcar de la leche). Existe, sin embargo, una mutación de ese gen, común en quienes tienen ascendencia europea, que evita el apagón y permite digerir la leche de por vida. Se cree que la mutación se vio favorecida precisamente en Europa porque la leche significaba un aporte extra de vitamina D en latitudes donde el sol no incidía con la fuerza ecuatorial de las llanuras africanas.

Hasta que se tuvo acceso a una vaca amable y predispuesta, sin embargo, nadie lo sabía.

¿Qué es?

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